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Está todo bien

Tempranillo intravenoso

Me miró con verdadera pena y me dijo que no me apure, que para equivocarme tenía tiempo. La saludé con esa frialdad que, en mí, no pronostica nada bueno y la dejé ir. Cordura. Para lo que servís...

Y la negación aparece cada vez. A veces, velada por la persuasión de estar viendo mal y de que, de alguna manera, ya se va a arreglar todo y que las ideas prearmadas finalmente van a coincidir con la realidad.
Pero no. Una vez más, no. Y el contraste es mortífero. Me dobla las rodillas del cerebro. Como un suero de vino. Despacio y en cámara lenta. Me hace flaquear las convicciones y me engrosa el caudal de dudas de una manera tan abrumadora que hasta el alma se diluye al calor de las veredas de mi infancia. Y eso que parecía irrefrenable, como las personalidades durante la niñez, resulta un fiasco como cada ilusión infantil que dejamos crecer cándida, como al descuido.
Por eso, en ese momento de atroz visión de lo real, cuando mi mirada se cruzó con la sombra de la tuya, cuando mi pensamiento se convenció de que eras otra cosa, cuando mi alma finalmente se resignó a que la horquilla se había abierto demasiado, disolví la tristeza.

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