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Está todo bien

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A veces siento que soy la única que va desnuda entre la gente.

Una de las cosas que más hecho de menos de mi otra vida, es a los hombres que me comían el cerebro.
En esta vida no venden, no hay, no se encuentran.
En cambio, sí se consiguen marionetas. Pilas, parvas, cantidades increíbles de títeres de diferentes materiales y con incomparables formas y habilidades.
Hace un tiempo, aunque ya hablando de mi nueva vida, conocí a unos que eran especialmente fascinantes. Acababan de darse cuenta de que ellos también eran infelices. Fue encantador contemplarles la desdicha y entenderla sin grandes esfuerzos. Éramos tan parecidos.
Esperé con paciencia a que se dieran cuenta de que yo era una desgracia, pero ellos tuvieron a bien nunca convencerse, así que un buen día me acerqué y les pedí que me dijeran lo que ellos sostenían que a mí me hacía falta, pedido al que accedieron por tratarse de títeres y no de hombres.
-Nada te falta.
Una pena.
Porque lo que extraño es a los hombres que me comían el cerebro y no a los títeres.
Y acá hay muchos títeres. Demasiados.

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