Calicanto
Las ramas han muerto. Pilones de ellas
se amontonan en la tierra. Canto
el sol nos prepara para el fuego. Dice
yo no le creo. Que también los hombres
que no sólo las ramas. Han muerto.
Negar el deseo ajeno del exabrupto como culpable método hacia la liberación.
Hay un escrúpulo escondido detrás de la taza que me evita la ofensa de ofender como última terapia. De la taza salta la música que he venido descartando de mis mejores listas.
Lo inflexible del dolor se aprende cuando hay que dejarlos llorar hasta que se duermen. Uno queda extenuado, reducido a sombras, con una intranquilidad que no tiene contenido. Verbal.
Con cada perturbación, el cansancio y el hastío llegan como único sistema para alcanzar la manifestación de alguna gana que se anime a luchar contra la gran excusa.
Aceptar el deseo ajeno del exabrupto como demostración cabal de lo que soy, de lo que sabemos que podría hacer, como ejemplo de la naturaleza armónica que alcancé a través de toda una vida de estudio del alma que resisto. Perpleja.
La memoria es una depravación noble, una debilidad primaria; y el recuerdo, un estado aberrante, una obstinación tardía que se estrella contra los acontecimientos como polillas fantasma sobre faroles apagados.
La memoria es el origen desapasionado de cada acto, el rubor inexistente al abrigo del abanico de expectativas, la naturaleza fúnebre de la catarsis, porque nada de lo que he sido subsiste intacto en este bosque de cuerpos.
Me acerco al acto, a tomar mi posición en la vida, sólo para huir y que siempre quede a un costado algo inmaculado, algo que aún sea posible de perder. Rabioso.
Respiro en la oscuridad, ojos cerrados como paciendo treguas y sintiendo al aroma que se esconde de recitarme las frases que reconcilian mi confusión.
Cómo hacer si no creo en las voces pero me aterro ante el silencio.
Cómo si negar o aceptar tampoco alcanza para nada?
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